
No hace mucho, volviendo de una excursión a pie por la finca de Pastoritx, vi a lo lejos la silueta del hospital Joan March o, como lo llamaban nuestros padres, el Sanatorio Caubet. Era un día de agosto y acababa de llover —esas típicas ruixades de mitad del verano— y, de pronto, vi que el campo estaba lleno de cardos en flor.
Entonces recordé que la novela El mar, la primera que publicó el escritor de Santanyí, terminaba con una referencia a aquellos mismos cardos en flor: “Al lado de la carretera, los cardos abren su flor morada, su flor blanca”, decía Blai Bonet al final de su novela, publicada en 1958, cuando el joven sacerdote que atiende a los enfermos se va del sanatorio montando en bicicleta y recordando a los pobres adolescentes que se quedan allá arriba, en aquel hermoso edificio de paredes blancas, sometidos a la pasión de la enfermedad, la muerte y la búsqueda desesperada de Dios.
Blai Bonet conocía bien aquel paisaje de Bunyola porque había estado internado en el Sanatorio Caubet cuando era un adolescente tuberculoso recién salido del seminario, en los años 40 del siglo pasado. Él decía que se lo había pasado bomba en el sanatorio —así lo expresó en una carta que le envió a su amigo Camilo José Cela—, pero es difícil imaginar que se lo pasara bomba cuando leemos El mar.
Todo lo que se cuenta está impregnado de sexo, violencia y obsesión por la muerte. Y es imposible leer esa novela sin oír el tétrico chirrido de la camilla en la que se traslada a los pobres adolescentes a la fatídica habitación número 13, la habitación de los moribundos, de la que ya no se vuelve a salir.
Hoy en día, el sanatorio ya no es un hospital antituberculoso, sino que está destinado a la oncología y los cuidados paliativos. Pero los enfermos que contemplan el suave paisaje mallorquín desde las galerías siguen allí. Y los cardos en flor siguen allí.
Y Blai Bonet, con sus novelas, poemas, reflexiones y páginas de diario, sigue también allí. O mejor dicho, sigue estando aquí, allí y en todas partes. Porque no podemos entender Mallorca sin la obra de Blai Bonet. Y no podemos entendernos a nosotros mismos sin la obra de Blai Bonet.
“La felicidad es como los espejos: sólo refleja las imágenes, nunca la realidad”, piensa en algún momento el pobre Manuel Tur, uno de los adolescentes enfermos hospitalizados en Caubet que, de algún modo, simboliza los tormentos espirituales que vivió el propio Blai Bonet.
Cuando era niño, Blai vivió los horrores de la Guerra Civil en Santanyí. Luego se fue a Barcelona e intentó triunfar en la literatura, pero no triunfó. Entonces volvió a Santanyí y se encerró en su casa con su madre, su mesa camilla y su prodigiosa imaginación.
Y allí escribió una obra artística que es el mejor espejo en el que podamos contemplarnos y saber quiénes somos.

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