Margalida Gili

Hay algo profundamente inquietante en el negacionismo. Más allá de que a un solo clic prosperen personas y grupos que sostienen que los virus son un invento, los aviones fumigan, el Holocausto nazi no existió o la tecnología 5G debilita el sistema inmunitario, genera gran perplejidad lo que este fenómeno revela acerca de nosotros mismos: la extraordinaria capacidad humana para ignorar la evidencia cuando resulta incómoda.

Aceptar hechos científicos o históricos implica a veces un elevado coste psicológico. Significa admitir que todo un entramado ideológico es falso y que nuestras figuras de referencia mienten. Ante esa dolorosa posibilidad, la negación se presenta como un refugio simple y gratuito. Prospera en el miedo, la incertidumbre y la desconfianza.

Los seres humanos manejamos el temor al caos mediante creencias que nos proporcionan sentido y sensación de permanencia. Cuando una amenaza, ya sea una pandemia o una crisis climática, pone en peligro esa visión del mundo, la negación actúa como un escudo psicológico.

Algo parecido sucede con la historia. Sociedades que han vivido dictaduras o genocidios a menudo reaccionan mediante el blanqueamiento del pasado, minimizando crímenes o equiparando víctimas y verdugos en nombre de una supuesta “reconciliación”.

El problema se agrava cuando la negación se convierte en producto manufacturado. Las campañas de desinformación sobre el tabaco, el clima o las vacunas no son espontáneas: son diseñadas por industrias con intereses económicos para manipular, sembrar dudas e inflar falsos debates.

A ello se suma una crisis de confianza en las instituciones. Vivimos en una era de credibilidad bajo mínimos, alimentada por gobiernos que mienten, empresas que rentabilizan la enfermedad y científicos con financiación condicionada. Algo de todo ello es cierto, pero el peligro surge cuando la desconfianza se convierte en el argumento definitivo para descartar la evidencia. Así, la incertidumbre legítima degenera en conspiración.

La ciencia no es perfecta. Es una actividad humana sujeta a errores y sesgos. Sin embargo, esa falibilidad es precisamente lo que la vuelve confiable: su capacidad para autocorregirse y ajustarse ante nuevas pruebas. Reconocer sus límites no es desacreditarla.

Cuestionar un estudio concreto es ciencia; rechazar décadas de consenso avalado por miles de investigadores es ideología disfrazada de escepticismo. Tratar el negacionismo como una “opinión respetable” es confundir la tolerancia con la complicidad. Negar la realidad no es expresar una perspectiva alternativa: es poner vidas en riesgo y debilitar el conocimiento común.

Combatir este fenómeno exige algo más que apabullar con datos. La evidencia rara vez convence a una mente que se cree “un pensador independiente que no se traga todo”. Es importante actuar antes de que las falacias arraiguen: reforzar la educación científica, fomentar el pensamiento crítico y reconstruir la confianza institucional mediante la transparencia y la responsabilidad.

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