
El porqué de algo entonces tan extraño tenía que ver con la propuesta hecha también por Turing poco antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial. El genial matemático había sostenido en 1936 que combinando un mecanismo simple y un procedimiento adecuado se lograba una “máquina universal” capaz de simular cualquier artilugio basado en la ejecución de algoritmos. De golpe, Turing daba paso a los conceptos de hardware —las tripas de la maquinaria— y software —las instrucciones para que funcione— a la vez que abría las puertas a la ciencia de la computación. El impacto fue considerable. Pero ninguna de las ideas de Turing condujo a tantas controversias como la cuestión de si una máquina piensa.
En particular porque su respuesta era genial. Proponiendo un juego de simulación, Turing apuntó que si alguien a quien no se ve responde —por escrito, claro es— a las preguntas que le haga un ser humano y éste, tras examinar dichas respuestas, es incapaz de asegurar con total certeza si el que contesta es otro humano o se trata de una máquina, entonces es como si el autor de las respuestas pensase. El artefacto habría superado el “Test de Turing” y una máquina así, además de artificial, sería inteligente. El nombre de sus capacidades viene dado en bandeja.
El revuelo actual por mecanismos de inteligencia artificial (IA) al estilo de ChatGPT, Gemini o Claude lo causa el hecho de que se haya logrado dar con ingenios capaces de acometer a una velocidad sorprendente tareas gigantescas, desafíos que incluyen dar respuesta a casi cualquier pregunta que se nos ocurra. Pero lo que a mí me llama la atención es que, al entrar en diálogo con cualquiera de esos artilugios, nos parezca que estamos hablando con una persona. De ahí que en las películas —¿y hasta en la realidad?— pueda verse en la pantalla del ordenador una persona que habla con nosotros, comparte nuestras alegrías y desdichas, muestra preocupaciones y se vuelve empática. Una amiga fiel. Los problemas que plantea algo así son obvios, más allá de que temamos que la IA nos pueda dejar sin empleo.
Quizá sea una buena práctica la de plantearnos qué es lo que mide el Test de Turing o, dicho de otra forma, a qué se debe la sorpresa de la IA. ¿A la gran inteligencia de esas máquinas o a la estupidez humana? Turing imaginaba para su test que el autor de las respuestas estaba escondido en una habitación cerrada para que no pudiésemos comprobar a simple vista si era “alguien” o “algo”. Nosotros sabemos a ciencia cierta que ChatGPT y sus equivalentes son puros algoritmos. Sin embargo, y a pesar de que resulta obvio que quien responde es una máquina, seguimos a menudo normas de cortesía como pedir las cosas por favor o dar las gracias al meternos en el juego. La máquina en cuestión debe preguntarse si somos tan listos como nos imaginamos.

Deja tu comentario