Carlos García-Delgado MGM13La fascinación por los orígenes es una pulsión humana. Ver, o tocar con las manos, un anillo griego, babilonio, o del Egipto de los faraones, nos genera un vértigo hipnótico, como si estuviéramos atravesando el tiempo con las manos. Objetos que fueron fabricados siglos atrás por manos humanas desprenden una enigmática seducción, porque nos conectan al instante con tiempos remotos. Y entre todos los artefactos que han rodeado al hombre en las diversas culturas, uno ha sido sin duda el de mayor inercia temporal, el que ha resistido con mayor eficacia el paso del tiempo y que a la vez sigue vivo. Hablo de la casa. Decía el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc en su Histoire de l’Habitation Humaine que la casa es el elemento cultural que mejor simboliza la manera de ser de un pueblo.

Los tipos populares de vivienda –la imagen que la población tiene in mente de la casa– tienen una antigüedad muy superior a la que habitualmente se les atribuye: la idea de la casa se convierte así en un dato arqueológico de primera magnitud. Antes del siglo XX, la casa popular respondía en cada sitio a unos modelos –unos tipos– que se mantenían durante siglos sin apenas variación, incluyendo su imagen exterior. Las casas podían envejecer hasta entrar en ruina, pero se reconstruían sin variación una y otra vez, como ocurría con otros objetos que rodean al hombre: la vestimenta, las barcas, los útiles de labranza, los instrumentos.

Existía una idea de la casa que se mantenía generación tras generación. La evolución en el diseño de los objetos fue muy lenta desde el Neolítico hasta los siglos XIX y XX. Se repetían una y otra vez los “tipos” de la casa, como se repetían los demás objetos, hasta caracterizar las zonas geográficas. Y era habitual hablar de “una casa vasca”, “una casa lombarda”, un gorro frigio o una navaja suiza. El objetivo del artesano no era la innovación en el diseño de los objetos, sino su perfeccionamiento. El carpintero, herrero, zapatero o maestro de obras se sentía orgulloso por haber introducido algún detalle capaz de mejorar lo que había recibido de una tradición de siglos, ya convertido en algo casi perfecto. Hoy las casas son ideadas por cada arquitecto y cada una es diferente. Pero antes del siglo XX respondían en cada región a modelos que las personas tenían in mente, y que repetían ad infinitum.

casa de tres huecos

La tradicional “casa de tres huecos” constituye uno de los modelos más reconocibles y perdurables de la arquitectura popular mallorquina.

Estos objetos eran emisarios fieles de generaciones pasadas, y la idea de la casa no escapaba a esta lenta evolución. La revolución industrial propició la movilidad de las ideas y las personas y, en arquitectura, dio lugar a estilos que tenían un carácter internacional, ajeno ya a la historia y las tradiciones de cada sitio.

En Mallorca puede hablarse de un solo tipo de casa popular consolidada, que ofrece una imagen elemental pero contundente. Es “la casa de tres huecos”: fachada ancha, simétrica, de unos 15 metros, acceso central y dos estancias laterales. El caso más elemental se resuelve en planta baja y una crujía, pero puede ampliarse en sentido horizontal (doble crujía), o en vertical (doble planta). Se la encuentra aislada en el campo, pero también en pueblos y ciudades. La mayoría de las casas que pueden verse en las zonas rurales de Mallorca responden a este tipo y a sus variantes.

Y la pregunta que les hago es: ¿cuándo y por qué apareció este tipo de casa en Mallorca? ¿Cuál es su origen histórico? ¿Quiénes fueron los primeros en construirla? ¿Por qué arraigó de forma tan rotunda? Este es el enigma que quiero dejar hoy planteado. Tras una laboriosa investigación le dimos respuesta en el libro Arquitectura Tradicional de la isla de Mallorca. En el próximo artículo les contaré cómo llegamos a resolver el enigma, a explicar el origen de esta casa y el momento histórico en que se implantó, hace ya bastantes siglos. Hasta el año concreto pudimos averiguar.


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