Texto y fotos: José Eduardo Iglesias.

A la una de la tarde del jueves 29 de enero, aterrizamos en el aeropuerto Kilimanjaro tras 25 horas de viaje, para llegar a Arusha, Tanzania. Estamos en el Gran Valle del Rift, cuna de la Humanidad, donde se han encontrado restos del Homo habilis, de hace unos 2 millones de años, del Homo erectus y del Homo sapiens. De todo ello dan fe los restos hallados en la Garganta de Olduvai, situada entre el Ngorongoro y el Serengueti, nuestra ruta principal.

Arusha es un enclave populoso, de unos 400.000 habitantes, con gran actividad comercial, agrícola, minera (tanzanita, piedra preciosa de la zona) y turística (safaris). En el centro de la ciudad, el trajín permanente y caótico de personas con carretas repletas de productos del campo y cachivaches que sortean, como pueden, el tráfico excesivo y ruidoso de motos, coches y camiones. Se trata de la principal entrada a los parques naturales de Serengueti (unos 15.000 km²), Ngorongoro (8.200 km²) y Tarangire (2.800 km²).

En los tres primeros días, pudimos ver a los Big Five africanos: león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo

Entre enero y febrero se da la estación intermedia entre las lluvias cortas y las largas. Aunque llovió algún día, la temperatura era ideal, la vegetación brillaba, no había demasiados visitantes y los animales salvajes se concentrában porque era el tiempo de las crías, la “época del alumbramiento”, cuando nacen miles de ñus y cebras cada día: un espectáculo impresionante de las llanuras del Serengueti, donde también se citan cientos de jirafas, antílopes, rinocerontes, hipopótamos, elefantes y, en su entorno, numerosos depredadores como guepardos, leopardos, leones, perros salvajes y hienas, además de cientos de especies de aves.

Tanzania

En una charca grande de un riachuelo del Serengueti, se bañaban decenas de hipopótamos en su propio estiércol, con un fuerte olor desagradable. De vez en cuando bramaban para marcar su territorio. Foto: Abel.

Nuestro guía-conductor era un masái, Baraka, bautizado después como Abel, experto conocedor de estas tierras y de sus tribus. Sus explicaciones y cautelas nos acompañaron durante los siete días de safari que nos llevó recorrer los tres parques naturales del norte y noreste del país. Los masái son pastores, antiguos guerreros, que se reconocen fácilmente por sus mantas rojas. Por la carretera se les ve con sus rebaños, sobre todo a niños: prefieren que los animales los pastoreen los niños porque de esa manera los animales no se dispersan, están siempre cerca del niño pastor como si quisieran protegerlo.

Al día siguiente, Abel nos recogió temprano, con un todoterreno de techo móvil, para dirigirnos al Tarangire, la reserva más pequeña y cercana a Arusha. Dentro del parque, a medida que nos perdíamos por sus caminos y senderos, empezamos a ver manadas de elefantes, cebras, ñus, búfalos, jirafas, impalas, buitres, cigüeñas marabús carroñeras y otras especies que nos sumergieron en la dinámica del safari: otear entre la vegetación de la sabana y la selva, desde el todoterreno, la presencia de animales salvajes, respetando el entorno y sin intervenir en sus vidas.

En los tres primeros días, pudimos ver a los Big Five africanos: león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo.

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Un león, después de dar vueltas entre los matorrales de la sabana, se tumbó tan tranquilo a pocos metros de nosotros.

De camino, Abel nos cuenta la tradición del paso de la infancia a la adolescencia en el pueblo masái donde nació y cómo afrontan el ritual de la “circuncisión sin lágrimas” para ganarse el respeto social (si lloran puede repudiarlos la familia y las mujeres). Después de la ceremonia, los visten de negro durante un tiempo en el cual van a visitar a gente de otros pueblos, que los reciben con la consideración debida.

Ante nosotros se extendía la sabana, salpicada de baobabs y vegetación exuberante, que recorrimos al ritmo en que se nos aparecían, a pocos metros, manadas de elefantes: entonces paras, silencio, observas, ellos te observan, se paran también o continúan su camino o, como algunos leones y leopardos, se plantan a la sombra de nuestro todoterreno a descansar, con todo su atractivo y toda su autoridad. Es cuando realmente dices que ha valido la pena. Los tienes al lado, imponentes, están en su casa y tú, normalmente, les eres indiferente…, si estás quieto y dentro del coche.

Cada día dormimos en campamentos distintos, dentro del perímetro de los parques, en cómodos lodges, una especie de tiendas de campaña grandes, de suelo de madera y paredes y techos de lona, levantadas a medio metro de la tierra para evitar serpientes y otros animales peligrosos. No se puede salir de la tienda por la presencia de depredadores. Para hacerlo hay que llamar por walkie-talkie o teléfono a alguien del lodge y que te recoja. Casi todas las noches oímos pisadas de animales fuera, posiblemente de jirafas, cebras, perros salvajes, hienas o quién sabe qué.

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Gran actividad en la ciudad de Arusha, a primera hora de la mañana.

Las llanuras del Serengueti son inabarcables a la vista. En un momento del día, para nuestra sorpresa, por efecto óptico, se nos apareció el mar en el horizonte. En estas fechas esa gran planicie está repleta de decenas de miles de ñus, cada uno con su cría al lado, recién paridas y ya autónomas, además de cebras, jirafas y otros animales. Vimos de cerca leones solitarios (posiblemente expulsados de su manada y tratando de conquistar una suya propia), leonas en grupo y leopardos solos, subidos a ramas de árboles y rocas, descansando y observando la lejanía en busca de presas o de enemigos.

Una tarde, en el Serengueti, tuvimos la mala suerte de pinchar una rueda en un pequeño cerro sobre el lecho de barro de un lago. Después de pensar qué hacer, Abel optó por cambiarla, bajamos con cautela y vigilantes, consiguió hacerlo con bastante rapidez y reanudamos el viaje cruzando hacia el otro lado de aquella embarrada llanura. Desde allí, divisamos con inquietud cómo una manada de leonas se aposentaba justo donde habíamos parado hacía un rato a cambiar la rueda. Al poco empezó a llover y asistimos a la gran carrera de todoterrenos por escapar del inmenso lodazal; pasar la noche allí, dentro del coche hundidos en el barro, no era opción.

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Una manada de elefantes se dirige con sus crías hacia el río, en el parque del Tarangire.

Por la mañana, subimos al Ngorongoro, volcán cubierto por una inextricable vegetación; desde su cima, mirando hacia el interior, aparecía el Edén. Un paisaje de película. Espectacular. Bajamos a la llamada caldera del cráter por una carretera de vértigo que bordea la ladera interior: a la izquierda se ve la extensa llanura de la caldera, un valle idílico salpicado de animales, con un gran lago en el centro, inmerso en una tranquilidad y silencio absolutos. Como novedad, divisamos, un rinoceronte negro. Fuera ya del valle, en un lateral de la carretera, saliendo del parque, encontramos una mamba negra, una de las serpientes más mortíferas del mundo.

Al día siguiente madrugamos para regresar a casa por la misma ruta. La parada en Doha fue de varias horas, que aprovechamos para conocer un poco una ciudad con escaso atractivo emocional, a pesar de sus colores y alturas. Tres semanas después, Donald Trump empezaba a bombardear Irán y se paralizaba la zona.

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Leopardos en el Serengueti. Se suben a rocas y a ramas de árboles para descansar y al mismo tiempo vigilar. En la tercera foto, el de la rama se ha bajado y pasa al lado de un todoterreno cercano a nosotros.

 

Restos de animales en un lago. A la derecha, escenas habituales de cebras escapando de amenazas. En la foto de al lado, dos leonas vigilan de lejos a una manada de ñus y cebras. Poco después se levantaron nerviosas y las perdimos.

 

Tres imágenes habituales del Serengueti : un león sentado, un búfalo y unas jirafas grandes, entre cuatro y cinco metros de altura.


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