Patricio Gómez, Fundador de Chong Ma en 1976, repasa la transformación de los gimnasios en Mallorca desde la era de las artes marciales hasta el actual auge del ejercicio físico.

PATRICIO GÓMEZ gimnasio antiguo palma Chong Ma

Patricio Gómez lleva toda una vida en los gimnasios. Fundador de Chong Ma, uno de los centros con más historia de Palma, ha visto pasar la isla de la era de las artes marciales y la gimnasia femenina al boom del fitness, las cadenas y el culto al cuerpo. Su trayectoria es, en cierto modo, una radiografía viva de cómo ha cambiado la forma de entrenar en Mallorca.

¿Cómo se lanzó a abrir el gimnasio?
— Fue algo vocacional. Terminé en el ejército como militar profesional y, a raíz de eso, como en ese momento no pagaban bien, decidí meterme en el mundo de los gimnasios. Era un chaval joven y me lancé. Y hasta hoy. Yo soy de Castilla-La Mancha y fui profesional durante dos años en el ejército. Mi intención era continuar, pero como pagaban poco… Al final ya son 55 años en los gimnasios. En 1970 ya estaba dentro del mundo de las artes marciales y el gimnasio abrió en 1976. Hay una competencia enorme, atroz, y a veces estoy un poco cansado de todo esto. Pero si hay alguien que me sigue el ritmo, salgo y hago cosas. De momento, seguimos ahí, manteniéndonos.

Era otra época. ¿Cómo era el gimnasio cuando abrió?
— Yo disponía de muy poco dinero, en pesetas, quizá 200.000, que serían unos 1.200 euros de ahora. Monté el gimnasio en la calle San Joaquín, 20. Ahí estuve 40 años, pero querían que me quedara con el local y dije que no, así que me mudé aquí arriba (Carrer de Guillem Cifre de Colonya). Entonces la gente era muy distinta a la actual. Estaban más enfocados, no había tanta moda del fitness como ahora ni tanto culto al cuerpo. Iba más bien por otra dirección: las artes marciales. Eso era lo que buscaba la gente. Creo que, en parte, también por la influencia de las películas del momento. Yo tenía unas instalaciones habilitadas para trabajar todo lo relacionado con las artes marciales, que era lo que mayormente se buscaba. Tenía tres salas: una para taekwondo, otra donde una chica daba gimnasia femenina, que también estaba de moda, y una pequeña sala de pesas, para complementar y hacer mantenimiento. Esto era algo secundario, no como ahora.

¿Qué ha cambiado desde entonces, tanto en la forma de entrenar como en el tipo de cliente?
— Ahora la gente es más perfeccionista, más tiquismiquis… El culto al cuerpo no existía tanto. Antes era hacer ejercicio, sin más. No había tanta masa de gente. En su momento se dedicaban más a las artes marciales, a los estiramientos, a aprender… Ahora ha cambiado bastante: el ejercicio se ha generalizado. Antes no había tanta difusión del deporte en sí.

¿Han cambiado también los objetivos de la gente?
— La gente lo que quiere es llegar a una edad y encontrarse físicamente bien. Hoy, a partir de según qué edad, el hombre y la mujer dejan de hacer actividad y el cuerpo humano ya no funciona igual, y eso trae consecuencias. Yo considero que, más allá de que esté de moda, si el cuerpo lo tienes activo te va respondiendo. Igual que pasa con la alimentación y el descanso.

¿Hoy hay más presión por el físico?
— Ahora la gente se da cuenta y busca que su condición física mejore. Tampoco hay que pretender demasiado. Con que tu cuerpo funcione y responda… Para esto, dos o tres días a la semana ya va bien, y si haces más, mejor.

¿También ha cambiado el perfil de quien viene?
— Antes, hasta cierta edad, la gente venía a entrenar, pero ahora… El arte marcial no te limita, pero a partir de cierta edad quizá la gente pierde el interés.

Cuando abrieron existían pocos gimnasios. ¿Se conocían entre ustedes?
— En ese momento había cuatro o cinco gimnasios: Judo Club Palma, Olimpic, otro en la calle Huertos, en el centro… Nos conocíamos. El único que había de pesas y musculación era el Hércules, que al cabo de un tiempo cerró porque no había la afluencia de público que hay ahora. Y luego se incrementó el tema de las artes marciales. La cosa empezó a cambiar, bien porque era moda, bien porque la gente se encontraba bien… A veces encuentro gente por la calle después de 45 o 50 años y me dicen: “¿Te acuerdas de mí?”. Pero ya he perdido la pista de muchos. En los 80 empezó a haber un cambio. Los musicales tipo Fama hicieron que se metieran también muchas niñas, y eso iba en paralelo con las artes marciales. Después, a partir de los 90, hubo un cambio hacia los gimnasios tipo fitness y, en los 2000, llegó el boom. Ahora hay gimnasios por todo. Que sea efectivo ya es otra cosa: hay que buscar los que son profesionales.

¿Y la influencia de las redes sociales, se nota?
— Mucha gente se mueve por el factor de las redes. En cierto modo hay un bombardeo constante y te indican lo más adecuado, lo más conveniente. Pero la persona tiene que tener una cultura y le debe gustar lo que está haciendo. Muchos son gente que entrena de salón, como digo yo. Van dos o tres días, suben la adrenalina, pero al mes o mes y medio lo dejan. Luego vuelven… Esto no es lo suyo; tiene que haber continuidad y constancia. Ahora hay más perfección, las máquinas son más sofisticadas, pero todo va en función de lo que uno pretenda. En artes marciales, la gente busca más cosas relacionadas con su trabajo, según está la sociedad: la defensa o incluso presumir. En el tema fitness, mucha gente está centrada en mantenerse y encontrarse físicamente bien porque sabe que a la larga es beneficioso.

¿Al ser una isla, la práctica de deporte es diferente?
— Mallorca se ha internacionalizado mucho. Las corrientes llegan antes que a provincias pequeñas de España. Aquí hay una evolución mayor.

¿Sigue viviendo la profesión como una vocación?
— Yo, mientras pueda, voy a seguir. Clientela hay y lo tengo muy claro cada vez que me pongo un kimono para dar clase. A veces me cuestiono hasta cuándo, pero lo mío es vocacional. Alguno me dice: “Maestro, no sé cómo aguanta y cómo lleva tantos años”. Pero a mí me gusta. Lo veo como un médico, un periodista… Si te gusta, aguantas y disfrutas con lo que haces.

¿Qué balance hace de todos estos años?
— Cada uno habla del ámbito que le corresponde. Nosotros, con el taekwondo, en Chong Ma hemos conseguido campeones regionales, nacionales, internacionales… incluso medallas olímpicas, como la de Yagüe. En su momento nació en el Chong Ma y ha habido dos o tres campeones importantes. Eso es un logro y un éxito total. Porque cuando haces una actividad pretendes conseguir el mejor desarrollo posible, y que alumnos o alumnas lleguen a un nivel como el de esas personas te hace sentir orgulloso. Antes no había tanta información. Te informabas, te preparabas, pero no es como ahora. A la gente la ibas enseñando, orientando, y había que cumplir unos requisitos.

¿Qué busca hoy quien llega a vuestro centro?
— Cuando vienen, si es por artes marciales, buscan la parte física. No lo hacen tanto para aprender como para encontrarse bien. Entrenan, estiran y se encuentran mejor. También tenemos gimnasio de boxeo, que se complementa.

¿Le gustaría que el gimnasio tuviera continuidad familiar?
— Mis hijos, cuatro, se han tenido que marchar a diferentes lugares de Europa. Son muy buenos profesionales. A uno de ellos le hice la propuesta de seguir, me gustaría que continuara ahí, porque estaba relacionado con el fitness y las artes marciales. Y me dijo: “Papá, tú has aguantado muchos años, te he conocido toda la vida así y no has tenido vida propia, es muy esclavo”. Te levantas por la mañana y por la tarde sigues, hasta las diez de la noche… Él me dio esa respuesta para explicarme que cogería otro camino.

Hoy hay gimnasios con muchísimos clientes, grandes cadenas… ¿Cómo compite frente a eso?
— Hay gimnasios que tienen tropecientos mil clientes, cadenas… Yo, en mi caso, intento crear un ambiente familiar, en el que la gente que viene se encuentre a gusto, y darles un entreno personal. Y cuando son niños y niñas, igual. Cuesta mucho, sí, pero si lo hemos hecho toda la vida, seguiremos haciéndolo.

💡 Accede al reportaje sobre el auge del fitness en Mallorca, incluido en nuestra revista Mallorca Global Mag.