Esther Bautista, psicóloga especialista en trastornos de la conducta alimentaria, advierte de que la insatisfacción corporal aparece cada vez antes y de que los estándares físicos afectan ya con fuerza también a los hombres jóvenes.

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La relación con el cuerpo es hoy más compleja, más expuesta y, en muchos casos, más conflictiva. Esther Bautista Salinas, psicóloga especialista en Psicología Clínica, vinculada al programa de TCA infanto-juvenil del IBSMIA en Son Espases y coordinadora del Grupo de Trabajo de Psicología Clínica en el SNS del COPIB, reflexiona sobre la presión estética, la autoimagen y la delgada línea entre salud y obsesión.

¿Cómo describiría la relación actual con el cuerpo y la autoimagen en la sociedad? ¿Ha cambiado en los últimos años?
— En términos generales, la relación que muchas personas tienen con su cuerpo tiende a ser problemática o conflictiva en la sociedad actual. Existe una insatisfacción corporal generalizada que se inicia cada vez a edades más tempranas. Por ejemplo, sabemos que el 70% de los adolescentes no se siente cómodo/a con su cuerpo y que seis de cada diez chicas adolescentes creen que serían más felices si estuvieran más delgadas. Si bien hay un avance hacia la aceptación y la diversidad corporal, siguen existiendo fuertes presiones sociales por encajar en ciertos cánones estéticos. La relación con el cuerpo en la sociedad actual es más compleja y plural que hace 15 años. Venimos presenciando un cambio paulatino desde una valoración exclusiva en función de la apariencia física hacia un enfoque más integral que incluye la salud mental y física, el bienestar emocional y la funcionalidad del cuerpo.

¿Se percibe una mayor presión estética en los últimos años? ¿Diría que está aumentando?
— Sí. A pesar de los movimientos sociales por la diversidad corporal, como el body positive, que buscan reducir esta presión y promover una mayor aceptación y diversidad corporal, y a pesar de que hay una mayor conciencia y discurso público contra los estándares de belleza tradicionales, la presión estética en los últimos años no ha disminuido de manera significativa; más bien, ha cambiado de forma -asociándose no solo a la delgadez, sino también a la musculatura, a la piel, a la juventud…- y en algunos aspectos ha aumentado, principalmente debido a la sobreexposición digital y a la omnipresencia de imágenes idealizadas, irreales y editadas en redes sociales. Aquellos grupos en los que recae mayor presión estética son los adolescentes y adultos jóvenes, las mujeres, las personas con características físicas que no encajan en los estándares convencionales de belleza -por ejemplo, el sobrepeso- y también las personas que viven en contextos culturales específicos. Por ejemplo, en comunidades donde el acceso a las redes sociales es alto, la presión puede ser más pronunciada.

Tradicionalmente la presión estética se asociaba más a las mujeres, pero en el fitness parece afectar cada vez más a hombres jóvenes. ¿Está cambiando eso?
— Sí, efectivamente está cambiando. Aunque la presión estética ha recaído históricamente en mayor medida sobre las mujeres, en los últimos años se ha observado un aumento notable también entre hombres jóvenes, especialmente en contextos relacionados con el fitness, la musculación y la apariencia física atlética. Actualmente, los estereotipos promueven en ellas la búsqueda de delgadez y en ellos un cuerpo musculoso, definido y atlético. Esto ha generado una presión creciente para muchos jóvenes que buscan alcanzar ese estándar ideal mediante ejercicio intensivo, dieta estricta y, en algunos casos, el uso de suplementos o sustancias. Este aumento en la presión estética masculina puede derivar en insatisfacción corporal, ejercicio compulsivo, trastornos alimentarios y en la llamada dismorfia muscular, comúnmente conocida como vigorexia, un trastorno en el que la persona percibe de manera distorsionada su cuerpo como demasiado delgado y no lo suficientemente musculoso, pese a estar muy desarrollado, y que implica una obsesión por desarrollar masa muscular y un miedo irracional a verse pequeño o débil, lo que puede llevar a un ciclo interminable de entrenamiento extremo y control dietético. Cabe destacar que los hombres homosexuales son el grupo más afectado por trastornos de la conducta alimentaria, por detrás del grupo de mujeres heterosexuales. Lo que tienen en común estas dos poblaciones es que ambas se construyen a través de la mirada masculina.

¿Qué papel están jugando las redes sociales en la forma en que percibimos nuestro cuerpo?
— La proliferación de redes sociales ha incrementado la exposición constante a imágenes idealizadas de cuerpos aparentemente “perfectos” -generalmente muy delgados o muy musculosos- que en su gran mayoría se encuentran retocados o editados digitalmente. Esto puede contribuir al desarrollo de una imagen corporal negativa y a generar expectativas inalcanzables, con ideales de belleza poco realistas, haciendo que la persona se sienta insatisfecha con su cuerpo y desarrolle la necesidad constante de modificarlo para encajar. Además, las redes sociales fomentan en general la comparación social, ya que las personas muestran y reciben aprobación a través de “me gusta”, comentarios y seguidores, lo que puede generar una búsqueda de validación externa ligada a la apariencia física. Sabemos que eso afecta a la autoestima y a la percepción del propio cuerpo, y genera una mayor presión para ajustarse a estándares estéticos específicos, especialmente entre adolescentes. Gracias a las redes sociales se han popularizado mucho tendencias relacionadas con el fitness, la dieta y el autocuidado, en las que influencers y entrenadores comparten rutinas, consejos y transformaciones corporales, promoviendo ciertos estándares físicos como metas deseables. Esto puede motivar, en algunos casos, a adoptar hábitos saludables, pero también puede aumentar la presión por cumplir con estos cánones estéticos o estilos de vida y elevar el riesgo de aparición de sentimientos de culpa en caso de no ajustarse a ello. Por otro lado, las redes también han abierto espacio para movimientos que promueven la aceptación corporal, la diversidad de tallas, géneros y edades, y que desafían los estereotipos tradicionales y apoyan la salud mental y la autoestima. Es muy importante desarrollar un uso crítico y consciente de estas herramientas para proteger la salud mental.

¿Hasta qué punto el auge del fitness responde a una búsqueda de salud real o a una necesidad de encajar en determinados estándares?
— El actual auge del fitness responde a múltiples factores, entre los que podemos afirmar que existe un interés creciente y real en nuestra sociedad por la salud, algo que podemos observar también, por ejemplo, en el descenso en los últimos años del consumo de tabaco o alcohol, especialmente entre los más jóvenes. Pero aquí es muy importante tener en cuenta que el movimiento fitness es también un símbolo de disciplina, éxito y aceptación social. Por un lado, está muy vinculado a la lógica capitalista: pensar en el cuerpo para que sirva en un sistema de producción y consumo. Tendemos a compararnos con modelos de personas que madrugan, meditan, van al gimnasio, socializan, visten bien, trabajan, les da tiempo a todo y encima no aparentan estrés. Esta imagen de la persona “perfecta” representa una figura que se ajusta a las imposiciones del sistema: es alguien que maximiza su productividad en todos los aspectos. Cuando no se alcanzan esas expectativas, aparece la culpa. Por otro lado, existe una fuerte influencia cultural que asocia la apariencia física con el valor personal y la aceptación social. Esto puede llevar a que, en muchos casos, la búsqueda del fitness se convierta en una forma de intentar encajar en estándares físicos concretos -conseguir el cuerpo socialmente aceptado y deseado-, en lugar de centrarse solamente en el bienestar integral. El problema es que, en la identidad fitness actual, tu valor como persona está fuertemente relacionado con tu cuerpo. La delgada línea entre lo saludable y lo obsesivo preocupa como profesionales de la salud mental. Los casos de ortorexia, la obsesión por lo sano, son muy complicados porque no están tan mal vistos por la sociedad, y eso hace que sea mucho más difícil identificarlos como problema y, por tanto, que se pida ayuda por ello.

En un contexto como Mallorca, con fuerte exposición al ocio y al turismo, ¿cree que esta presión puede verse intensificada?
— Sí, por supuesto. La isla es un destino popular para el turismo de sol y la constante exposición a playas y entornos de ocio, sobre todo en meses de calor, en los que el cuerpo tiende a estar mucho más expuesto, puede generar una presión social significativa por encajar en cánones físicos concretos. Por otro lado, la interacción continua con turistas de diversas culturas y la exposición a imágenes idealizadas en redes sociales y medios asociados al turismo puede generar una mayor comparación y, por ende, una mayor presión sobre la apariencia personal. Puede ser relevante mencionar que Balears lidera en España el porcentaje de ciudadanos a dieta, con un 35,9%, y que el principal motivo es mantener o reducir el peso.

Por último, ¿dónde está la línea entre una relación saludable con el ejercicio y una relación basada en la obsesión o el control?
— Lo que comienza como un estilo de vida saludable puede convertirse en una rutina extrema y perjudicial. En la cultura fitness existe una frontera muy borrosa entre el compromiso y la obsesión o la hiperexigencia. Para hablar de ejercicio compulsivo (EC) o adicción al ejercicio, debemos atender a si está presente en la persona una necesidad constante de hacer ejercicio en exceso, dedicando mucho tiempo a ello, continuándolo a pesar de lesión o enfermedad y afectando negativamente a su vida diaria o interfiriendo en otras áreas importantes de su vida -familia, amistades…-. Cuando el ejercicio físico se torna en algo obsesivo, se observa una gran dificultad para flexibilizar o realizar adaptaciones en los planes o rutinas establecidos, responde a reglas rígidas y se utiliza no tanto por disfrute o salud, sino para evitar consecuencias negativas -por ejemplo, el miedo a no estar suficientemente musculado/a o la culpa por no sentirse suficientemente disciplinado/a-. Aunque consume mucho tiempo, no se trata tanto de la cantidad de tiempo como de las cogniciones y emociones en torno al ejercicio. Por ejemplo, sentir una culpa extrema por faltar a un entrenamiento o compensar días de descanso con entrenamientos dobles serían indicadores más claros de ejercicio compulsivo que la mera cantidad de tiempo. Aunque esta patología se da tanto en hombres como en mujeres, se manifiesta de forma diferente: entre hombres, es habitual la vigorexia y el trastorno por atracón, mientras que en mujeres son más comunes la anorexia y la bulimia nerviosas. A nivel de consecuencias, las personas que se involucran en ejercicio compulsivo tienen un mayor riesgo de sufrir fracturas, lesiones y problemas cardíacos. Además, el ejercicio compulsivo está vinculado con problemas interpersonales, peor calidad de vida y niveles más altos de irritabilidad y angustia psicológica, incluida la ansiedad y la depresión.

💡 Accede al reportaje sobre el auge del fitness en Mallorca, incluido en nuestra revista Mallorca Global Mag.