El miedo funciona en todas las culturas. No necesita traducción, ni estrellas de cine ni grandes presupuestos. Basta una buena historia. Ernest Riera lo sabe bien. El guionista mallorquín ha participado en producciones internacionales, ha escrito películas de tiburones para Hollywood y ha explorado el terror más visceral en su última y exitosa cinta, Primate. Pero también ha abordado miedos mucho más cercanos: la presión social, la masificación turística o el linchamiento público.

Ernest Riera, guionista mallorquín

Foto: Gary Lam.

En Primate, “una carta de amor a Cujo, de Stephen King”, el miedo nace precisamente de dentro. La idea surgió hace más de una década en una conversación con el director Johannes Roberts, con quien trabaja de forma habitual. “Un día me llamó y me dijo que estaba viendo al perro de su madre ladrar alrededor de la piscina como loco. Y pensó: si alguien estuviera ahí dentro y el perro tuviera la rabia… aquí hay una película”. Con el tiempo, la amenaza cambió de forma. “Nos dimos cuenta de que con un chimpancé sería todavía más terrorífico. Es lo más cercano a nosotros, y lo que nos interesaba era que el terror viniera de dentro, casi de la familia”.

Para el guionista, el terror posee una cualidad que explica por qué “siempre hay una o dos pelis de miedo en las salas de cine”: su carácter universal. “También hay comedias, pero el humor suele ser algo más nacional, cada país tiene su propio código. El miedo, en cambio, conecta con el instinto de supervivencia, algo compartido por todos los seres humanos”. Y el miedo más eficaz, considera, siempre tiene una base psicológica. “El espectador tiene que sentir que aquello que ocurre en pantalla podría pasarle a él. El terror permite experimentar emociones intensas —violencia, peligro, angustia— desde la seguridad de la ficción”. Antes del rodaje o los efectos especiales, analiza, el miedo se construye en el guion. “Nuestra función es estructurar la historia y dosificar la tensión: saber cuándo subirla y cuándo soltarla”.

Como anécdota, el mallorquín recuerda que, tras ver su primera película de terror, Psicosis, de Hitchcock, esa noche no pudo dormir: “Tenía miedo de volverme loco y poder hacer daño a alguien, como le ocurría a Norman Bates”.

Pese a haber trabajado con estudios internacionales y plataformas como Netflix, Riera insiste en que el oficio de guionista tiene poco de glamuroso. “Se idealiza mucho la alfombra roja”, reconoce. “Pero la mayor parte del tiempo estás encerrado escribiendo. Y además es un trabajo en equipo. Un guion nunca se hace solo, hay muchos guionistas, aunque no tengan créditos: los montadores, los actores cuando improvisan, el director, incluso los productores, que casi siempre aportan su visión”.

El verdadero reto, apunta, es encontrar historias que merezcan la pena ser contadas. “Lo importante es no ser cínico. No escribir pensando en lo que está de moda, sino en lo que realmente te interesa”. De esta forma, con el paso de los años ha conseguido cambiar su forma de medir el éxito de una película. “Al principio me importaban mucho las críticas”, reconoce. “Vengo de un entorno donde la presión crítica era muy fuerte: mi padre era profesor de filosofía, mi tía escritora…”. Con el tiempo, su perspectiva se ha desplazado hacia el público. Eso no significa ignorar la crítica, admite, pero sí relativizarla: “Siempre habrá alguna mala. Lo importante es que cuando acabes la película te guste a ti”.

El terror de la masificación

Riera, quien se siente afortunado de poder trabajar para el mercado internacional desde Mallorca, mantiene también un interés por las historias que nacen en su propia isla. Un ejemplo es Overbooking, el documental que analiza el impacto de la masificación turística en Mallorca. “Si has visto cómo ha cambiado la isla, eso también es una película de terror”, bromea. “Pero no es una crítica al turismo en sí, que nos ha dado de comer durante muchos años. Es una crítica al modelo que se está siguiendo. Antes, con menos turismo, la gente vivía mejor. Ahora con mucho más turismo, la gente vive peor. Y eso es un hecho”.

El guionista mallorquín Ernest Riera, en su casa de Pere Garau

En su trayectoria reciente también aparece otro proyecto documental que le llevó a explorar un miedo muy distinto: el linchamiento público. ¿Qué le pasó al rey de los delfines?, producido por Netflix, reconstruye la historia de José Luis Barbero, un adiestrador de Marineland cuya carrera quedó destruida tras difundirse un vídeo que provocó una fuerte reacción en redes. “Hoy en día ese es uno de los miedos más peligrosos”, reflexiona. “Antes construíamos nuestra identidad con el reflejo de la gente cercana. Ahora esos espejos se multiplican con personas que ni siquiera conocemos. Y eso puede ser devastador”.

Sobre la industria audiovisual de la isla, Riera cree que “necesita mayor estabilidad. Hay mucho talento y ha crecido, pero falta apoyo estructural. El cine no debería verse solo como promoción turística, sino como una industria que también genera riqueza”.

Para el guionista, ser mallorquín ha influido en su manera de imaginar historias. “Primero está el mar. Nos rodea por todas partes y siempre está presente de alguna forma”, explica. Pero también hay una influencia más profunda ligada a la tradición oral de la isla. “Algunas rondallas son terroríficas”, bromea. “Cuando era pequeño no teníamos internet y en casa se contaban muchas historias. Esa tradición de contar relatos, vivir en una tierra de contrabandistas, rodeado de paisajes y de belleza… todo eso dispara la imaginación”.

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