Bartomeu Bestard CladeraFue en 1435 cuando en Mallorca se prohibió la religión judía. Como es lógico, un decreto no puede provocar que alguien deje de creer en lo que cree. Con ello quiero decir que los forzados a bautizarse, todos, en su ser más íntimo, siguieron siendo judíos.

Ahora bien, a partir de aquí, estos conversos se comportaron de manera diferente: unos huyeron a lugares donde pudiesen seguir siendo judíos libremente; otros dejaron que su descendencia quedase asimilada y diluida entre los mallorquines cristianos “viejos” —denominación ridícula, pues por el bautismo todos los cristianos son nuevos—. Estos, en pocas generaciones, quedaron integrados totalmente entre los cristianos mallorquines, llegando a olvidar por completo sus orígenes judíos.

Una tercera y última opción para los conversos fue la de permanecer en Mallorca, pero manteniéndose fieles al judaísmo, eso sí, en la más estricta intimidad de la familia o del pequeño grupo suprafamiliar, ocultando sus creencias al resto de la sociedad.

historia chuetas en Mallorca

Penitente con sambenito.

Esa tercera opción fue seguida por no pocas familias conversas que, a pesar del paso de los años, no quedaron asimiladas en la sociedad cristiana. Este grupo, al perseverar en el judaísmo, no realizaba matrimonios “mixtos” y, por tanto, siguió casándose exclusivamente entre los fieles secretos a la fe de Moisés.

Este último grupo, los criptojudíos —y que con el paso de los años serán denominados chuetas—, sintió siempre que formaba parte del pueblo de Israel. Y aunque, como ya se ha dicho, todo este asunto fue llevado con la máxima discreción, el resto de los ciudadanos no tardaron en percatarse de la existencia de esas “vidas paralelas”.

A pesar de ello, tal como apunta Francesc Riera, durante los siglos XVI y la primera mitad del XVII, la persecución inquisitorial hacia los judíos permaneció medio dormida. En la vida cotidiana de la ciudad, los grupos mantuvieron las distancias, pero de una forma más o menos pacífica.

Antigua sede de la inquisición en la actual plaza Mayor

Antigua sede de la inquisición en la actual plaza Mayor.

Otros autores, como Ángela Selke, apuntan como una de las causas de esa pacificación la corrupción de algunos inquisidores, virreyes o procuradores reales, los cuales se dejaban sobornar por la comunidad chueta.

Sea lo que fuere, esta situación cambió radicalmente a partir de 1672, momento en el cual la maquinaria inquisitorial puso en marcha un proceso que involucró a un gran número de vecinos de la calle del Segell, vía pública de la antigua judería pequeña de Palma en la que vivían las familias chuetas, actual calle Jaime II.

Las causas de este golpe de timón se deben buscar, básicamente, en la confluencia de dos circunstancias: por un lado, el aspecto religioso y, por otro, el económico. El religioso porque, lejos de extinguirse, el judaísmo en la isla se estaba fortaleciendo gracias al contacto con comunidades judías del extranjero; y el económico porque algunas familias chuetas se estaban haciendo un hueco entre la oligarquía palmesana. Ello levantó suspicacias por parte de la Inquisición y el patriciado urbano.

Sin extendernos más en el tema, las consecuencias fueron detenciones e interrogatorios en masa, y el encarcelamiento de una parte importante de la comunidad chueta. A partir de entonces se confiscaron la mayoría de sus bienes.

La Fe Triunfante 1691

La Fe Triunfante, 1691.

Las acusaciones, propiciadas por testigos como mercaderes, criadas o malsines, eran muy claras: “los de la calle del Segell eran tan judíos como los de Liorna”. Fueron acusados de mantener los preceptos del judaísmo: observaban el Sábat, “rabinaban” los animales —es decir, los mataban siguiendo el rito judío—, celebraban la pascua hebrea —Pesaj— y, los viernes, al inicio del Sábat, recitaban la bendición del vino —Barahá—.

El proceso acabó en 1679 con el resultado de 218 chuetas condenados a penas pecuniarias y prisión, pero no se ejecutó a nadie. Todos ellos fueron ridiculizados y sufrieron el escarnio público al ser obligados a pasearse por las calles de Palma con los sambenitos.

Este juicio significó la ruina de muchos criptojudíos, al mismo tiempo que propició la huida en cuentagotas de algunos de ellos, para poderse integrar libremente en comunidades judías del extranjero.

La comunidad que permaneció en Palma, a pesar de la gran represión de la década de los 70, continuó perseverando en la fe de los hebreos. La Inquisición lo sospechaba.

La situación a finales de los 80 del siglo XVII se volvió insostenible para los chuetas, por lo que planearon una huida en grupo. El plan no funcionó debido a una tormenta que impidió zarpar al barco inglés que les esperaba para conducirles hacia la libertad.

Relación de Sanbenitos

Relación de los sambenitos, 1755.

Fueron apresadas 88 personas, de las cuales 33 fueron ejecutadas cerca de la actual plaza Gomila, a garrote vil, a excepción de tres que fueron quemadas vivas por mantenerse fieles en la fe: el rabino Rafel Valls y los hermanos Rafel y Caterina Tarongí.

Con este macabro acto se iniciaba una nueva pesadilla: la brutal discriminación de las familias chuetas, con sus quince apellidos que las estigmatizaban, y que perduró hasta las últimas décadas del siglo XX.

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