Andreu PalouEn los últimos años, los fármacos contra la obesidad han logrado un éxito sin precedentes, con reducciones de peso clínicamente relevantes y sostenidas. Principios activos como la semaglutida —comercializada como Ozempic y Wegovy—, agonista del receptor GLP-1, y más recientemente la tirzepatida —Mounjaro y Zepbound—, agonista dual GLP-1/GIP, han marcado el punto de inflexión.

Estos medicamentos imitan la acción de las incretinas, hormonas intestinales que regulan el apetito, la saciedad y el metabolismo energético. Su alta eficacia y un perfil de seguridad manejable consolidan una nueva etapa en el tratamiento de la obesidad.

Lo que comenzó como una estrategia para controlar la glucemia en la diabetes tipo 2, y después para reducir peso, tiene un alcance mayor por su influencia directa en los circuitos cerebrales del deseo, la recompensa y la compulsión.

Partiendo de la observación clínica repetida de pacientes tratados con estos fármacos, que no solo comen menos, sino que también fuman menos o pierden interés por otras conductas adictivas, como el alcohol, hoy la ciencia lo confirma con solidez.

El sistema de recompensa cerebral es una compleja red de regiones y neurotransmisores que regulan motivación y placer, incluyendo la dopamina, activada tanto por estímulos naturales de la comida como por sustancias adictivas. Precisamente es ahí, en este nexo común entre metabolismo y adicción, donde actúan los agonistas GLP-1 y GIP.

Hace unos meses, los datos observacionales ya eran difíciles de ignorar. Un estudio con más de 600.000 pacientes con diabetes tipo 2, publicado en British Medical Journal, mostraba reducciones significativas no solo en la aparición de nuevas adicciones, sino también en sus complicaciones graves. Pero faltaba algo esencial: demostrar causalidad.

andreu palou fármacos contra la obesidad

Y eso ha llegado este primero de mayo, marcando un antes y un después: un ensayo clínico publicado en The Lancet —revista médica de máximo impacto—, con diseño aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo; el estándar más riguroso, en el que ni pacientes ni investigadores saben quién recibe el tratamiento y la asignación es al azar, lo que permite aislar el efecto real del fármaco.

El resultado: la semaglutida, administrada una vez por semana, reduce de forma significativa el consumo excesivo de alcohol en personas con obesidad: menos episodios de ingesta excesiva, menor deseo de beber y mejor evolución clínica. Ya no hablamos de asociación, sino de causalidad. Queda por precisar su aplicación en otros perfiles de pacientes, pero el paso decisivo ya se ha dado.

Las implicaciones son profundas y van más allá de la obesidad: la posibilidad de modular el sistema de recompensa de forma segura y sostenida abre la puerta a intervenir antes, prevenir mejor y reducir recaídas en la adicción al alcohol y, quizá, en otras adicciones.

Y el avance conceptual es extensible a otras enfermedades: integrar en una misma visión médica y científica procesos hasta ahora separados, con una aplicación trasladable a la práctica clínica.

mallorca global mag revista