Entre la falta de relevo y el esfuerzo por mantener viva la fe, la isla redibuja su mapa pastoral con nuevas formas de servicio, cooperación y compromiso

Texto: Alba Vázquez de la Torre / Foto: Piter Castillo.

 

En Mallorca faltan curas. La foto fija de las memorias diocesanas habla claro: hoy hay menos sacerdotes, menos religiosos y unas parroquias que, para seguir abiertas, se sostienen cada vez más en el empuje del laicado. En 2021 había 225 sacerdotes en la isla, frente a los 200 registrados en 2024. También disminuye el número de religiosos y religiosas, que pasan de 526 a 448.

Pero detrás de la estadística hay biografías que explican, y matizan, el fenómeno. Una de ellas es la de Juan Bausá Puigserver, de 31 años, que ha pasado de atender nueve parroquias en la Part Forana a integrarse en un equipo que lleva cinco (Portals, Palmanova, Magaluf, Son Ferrer y El Toro). “Nos organizamos como podemos y al final un cura acaba atendiendo muchas parroquias. No puede haber misa todos los días en todos los sitios”, explica Bausá. Su mayor pena es no tener tiempo para lo esencial, “algo muy importante es poder visitar enfermos y escuchar a quien lo necesita, eso da vida a la parroquia, pero tenemos que dividirnos en mil cosas”, matiza.

El padre Carlos Fuentes Gómez, franciscano, ha vivido 43 años entre aulas y parroquias. Llegó a Mallorca como apoyo veraniego y hoy es rector de Es Capdellà, Santa Ponça, Peguera y Calvià, además de delegado episcopal para Medios. Su diagnóstico es operativo: “La realidad es que cada vez hay menos vocaciones, pero cada vez se trabaja más en equipo”.

En Ponent, explica, han unificado servicios: un solo despacho parroquial, cursos prebautismales centralizados en Peguera y coordinación con Portals y Andratx. “No se trata de cerrar, sino de adaptar la vida parroquial a cada pueblo y sumar laicos: cuando llego, lo tienen todo preparado, están incorporados de lleno”, expresa. Fuentes subraya además un repunte de vida comunitaria en lugares concretos: movimientos de laicos, grupos juveniles que acompañan mayores y el músculo de Cáritas.

Trabajo en equipo

La falta de curas también afecta a las catequesis. “Cuando tenemos que agendar reuniones con las familias y el cura, hay que hacer malabares”, comenta Lourdes Ríos, que junto a Inés Rubbini forma parte del equipo de catequesis de la parroquia Virgen de Nuestra Señora de la Esperanza, en Santa Ponça. Sus métodos son sencillos y efectivos: dinámicas y juegos. “No hay que asustar a los niños, sino acercarles a un Dios que ama y acepta”, apunta Lourdes.

Inés añade el objetivo de fondo: “Quiero que les quede la certeza de que, si un día necesitan algo, la Iglesia puede ser un lugar. Muchos adolescentes no lo ven así”. Ambas insisten en crear “pistas de perseverancia” para que la Primera Comunión no sea la puerta de salida: coro infantil, equipos de fútbol entre parroquias, grupo joven con labor social. “Ideas hay, pero hace falta apoyo de las familias y tiempo pastoral. El padre Carlos siempre está corriendo de un lado para otro porque hay escasez de sacerdotes y todo se programa al milímetro”, subrayan.

¿Por qué hay menos vocaciones?

Bausá no esquiva el diagnóstico: “Hay factores internos y externos”. Entre los primeros, “no siempre hemos dado buen testimonio: errores, incoherencias, escándalos que han herido la credibilidad”. Entre los externos, “la secularización y el hedonismo que adormecen las preguntas de fondo”. También ve un envejecimiento del clero y de los feligreses.

Aun así, insiste en que hay esperanza. “Hay sed de Dios entre los jóvenes si se les habla en su lenguaje y con autenticidad. Están hartos de fake, necesitan testigos”. “Cuando preguntamos en las escuelas cuál es tu mayor miedo, un 95% dice la soledad y ahí el cristianismo tiene una respuesta”, indica.

La crisis es de números pero también de identidad. Por eso el deseo de Bausá para la isla no es solo llenar bancos: “Me hace más ilusión ver cristianos anclados en Cristo, sin miedo a reconocerse y a dar un testimonio amable”.

Fuentes, por su parte, pide realismo y creatividad para que ninguna comunidad quede atrás. Y las catequistas quieren que se abran puertas: “No se puede dejar un templo abierto sin cuidado por vandalismo o usos indebidos. Pero si no está abierto, cuesta que sea un lugar de encuentro”.

Todos coinciden en lo mismo: cuando la propuesta es auténtica, hay respuesta. Abrir puertas, adaptar horarios, centralizar servicios, trabajo en equipo y laicos protagonistas. Y una agenda social concreta que haga ver la utilidad pública de la Iglesia.

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