Cuántas veces, viendo una película o una serie, nos sorprendemos diciendo “Anda, pero si sale Simón Andreu”. Y no es de extrañar, porque el intérprete pobler se ha convertido en una presencia constante en nuestras pantallas desde su debut en 1961. Andreu ha hecho de galán y de cura, de bueno y de malo, de asesino y de víctima, de aristócrata y de plebeyo, de militar y de terrorista, de Papa y de pecador, de científico… ¡y hasta de zombi!, apareciendo en más de dos centenares de producciones de cine y televisión, además de sus trabajos en teatro. Sin ruidos ni estridencias dentro y fuera de los platós, ha construido una trayectoria sólida y respetada, marcada por una profesionalidad impecable y una versatilidad que lo han convertido en el actor mallorquín más internacional y en un rostro imprescindible del cine español.

Ilustración generada con IA.
Nacido el 1 de enero de 1941 en Sa Pobla, Andreu descubrió muy pronto su vocación. “Yo lloraba para que me incluyeran en una función del colegio”, recordó en la Semana de Cine Español de Mula. Mal estudiante, a los 17 años su padre le dio a elegir entre ser carpintero o herrero con sus tíos. Andreu, inconformista, tiró por la calle de en medio y se fue a hacer la mili. Después se trasladó a Madrid en busca de un futuro que una Mallorca pre turística no podía ofrecerle. Pasó un tiempo vendiendo aspiradoras hasta que un día, de visita a los estudios Cinearte con un amigo, “por casualidad me hicieron una prueba y me cogieron”, explicó en Diario de Mallorca. Él simplemente había ido a ver actuar a Jorge Mistral y Paquita Rico.
Así, casi por azar, empezaba la prolífica trayectoria de este autodidacta que nunca ha ocultado que aprendió el oficio viendo “a los grandes actores en una pantalla”. Sus primeros papeles fueron en Siempre es domingo, de Fernando Palacios, y Cuidado con las personas formales, de Agustín Navarro. Pero no sería hasta 1964, con la coproducción hispanofrancesa Un balcón sobre el infierno, del director François Villiers, cuando su carrera tomó impulso, gracias en gran medida a su dominio de los idiomas, algo poco habitual en la época. Había aprendido francés en el instituto y en los campamentos de verano, e inglés en la mili, “en unos cursos que daban por las tardes a los que me apunté para poder salir antes del cuartel”.
A partir de ese momento, ha encadenado trabajos en medio mundo —España, Francia, Italia, Reino Unido, Estados Unidos, Japón o Rusia— y ha estado a las órdenes de cineastas de la talla de Luciano Ercoli, Milos Forman, Paul Verhoeven, Vicente Aranda, Eloy de la Iglesia, Fernando Fernán Gómez, José Luis Garci, Agustí Villaronga o Pilar Miró, entre muchos otros. Almodóvar podría figurar en la lista, pero Andreu ya estaba rodando en Australia. “Para mí es igual de sagrado hacer un corto para alguien que está empezando que un largometraje con Tarantino”, señaló en una entrevista concedida a AISGE. Este compromiso se refleja en un currículum donde hay desde cortos y películas de bajo presupuesto hasta grandes producciones como las sagas de James Bond, Bridget Jones o Las crónicas de Narnia. Más de secundario que de protagonista, cierto, pero como afirmó en el Festival Fancine de Málaga, son los papeles “que hacen posible mi carrera”.
Simón Andreu es un hombre sincero, sobrio y modesto, con un toque socarrón y sin pelos en la lengua: “No voy a los Goya porque la gente te empuja para hacerse una foto”. Y aunque acumula varios galardones y reconocimientos, además del Premi Ramon Llull en 2005, lo que más valora de todos estos años es que “casi todo lo que sé lo he aprendido a través del cine”. Su profesión le apasiona, pero afirma que no le ha cambiado la vida. Quienes de verdad lo han hecho son “la gente con la que me he relacionado: mi mujer, mis hijos, mis amigos”. Bueno, ellos… y el gran James Mason, que en el rodaje de El hombre de Río Malo le dijo: “‘Joder, usted es un actor muy bueno’. Aquello me engordó durante 40 años”.

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