A finales de los años 50, la escritora Ana María Matute estaba pasando una temporada en Mallorca, con su marido y su hijo, en un hotelito de Porto Pi. Un día, al volver al hotel, descubrió que su marido acababa de empeñar la máquina de escribir con que ella escribía las novelas que les permitían ganarse (malamente) la vida. Aquel día, Ana María Matute dijo basta. Su marido era un buscavidas —muy simpático, como todos los buscavidas— que se dedicaba a discursear en los cafés y a sablear a todo bicho viviente para pagarse las juergas nocturnas. Ana María Matute lo envió a freír espárragos, pero se encontró con que no tenía un duro y no sabía cómo pagar las 8000 pesetas que le debía al hotel. Por suerte, Camilo José Cela y su mujer Charo corrieron a ayudar a su amiga —a la que ya conocían de otras estancias en la isla—, y no sólo le pagaron el hotel, sino que la acogieron en su casa de Son Armadans.
Pero lo que nos interesa es otra cosa: gracias a sus estancias en Mallorca, Ana María Matute situó en la isla su novela Primera memoria, que se publicó en 1959. La novela no nombraba la isla, pero era evidente por las descripciones del paisaje y por los topónimos (y la presencia de los xuetes) que se trataba de Mallorca en el verano de 1936, al poco de empezar la guerra civil. Todo lo que se cuenta ocurre en una zona que cualquier lector mallorquín sabrá situar entre Porto Pi y Cala Major (Matute la denomina, sin más, “el declive”). En la novela no se habla del desembarco del capitán Bayo en Porto Cristo, aunque sí se narran episodios de la cruel represión que se ejercía en la retaguardia, pero es sin duda una de las más grandes novelas que se han escrito sobre nuestra guerra civil (y de camino, sobre el extraño modo en que unos adolescentes se hacen definitivamente adultos).
Primera memoria podría compararse con El mar, de Blai Bonet, que se publicó por la misma época y también está protagonizada por adolescentes, pero la novela de Matute tiene una magia que no posee El mar. Hay pocas novelas donde se haya descrito con tanta maestría la podredumbre moral que hace posible las delaciones y las matanzas entre vecinos y entre parientes. “Esta es una isla vieja y malvada —dice uno de los personajes—. Una isla de fenicios y de mercaderes, de sanguijuelas y de farsantes. Oh, avaros comerciantes. En las casas de este pueblo, en sus muros y en sus secretas paredes, en todo lugar, hay monedas de oro enterradas”. Quien habla así es un exseminarista rencoroso y acomplejado que sin duda exagera (ojalá hubiera monedas de oro enterradas, porque yo nunca logré encontrarme ninguna), pero cualquiera que conozca Mallorca sabrá reconocer la verdad esencial que se esconde en ese párrafo. Lean Primera memoria, créanme. Vale la pena.


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