
La Generación Z nació en una época que prometía horizontes infinitos y creció escuchando que el esfuerzo, el estudio y la constancia les abrirían todas las puertas, pero ese futuro prometido se ha ido desdibujando y a cambio han recibido una concatenación de crisis económicas, inestabilidad política, un clima que se descompone y una tecnología que lo acelera todo. Y han aprendido a vivir con la sospecha de que el futuro fue hipotecado antes de que ellos tuvieran voz.
A menudo se les acusa de impaciencia. Pero su urgencia no es caprichosa: nace de la intuición de que el tiempo para corregir desigualdades, reparar daños y frenar abusos se estrecha con cada año que pasa. Lejos del romanticismo setentista, los jóvenes de la Generación Z no reclaman utopía sino supervivencia.
Estas protestas no nacen de un único agravio, sino de una acumulación afectiva: frustración, cansancio, precariedad emocional y laboral, pero también de un profundo deseo de pertenencia. Este “déficit de futuro”, la percepción de un orden social incapaz de garantizar bienestar o justicia, es el motor de sus protestas. Muchos jóvenes encuentran en los foros, en los chats, en los directos improvisados de TikTok y ahora en las calles un espacio donde se manifiesta lo que no siempre muestra la vida cotidiana: la convicción de que las cosas podrían ser de otra manera.
¿Serán ellos quienes corrijan las injusticias actuales? Es posible. No porque sean excepcionales, sino porque su experiencia vital los ha hecho especialmente sensibles a lo que no funciona. Su fortaleza no proviene de tener respuestas claras, sino de su baja tolerancia a la corrupción y al cinismo institucional. Si consiguen transformar esta combinación de conciencia crítica y disposición a actuar en estrategias ordenadas y sostenidas, quizás logren corregir algunos de los desequilibrios que heredan.
No son la juventud apática que muchos denuncian, ni la vanguardia progresista que otros idealizan. Son una generación en tensión
Sin embargo, aquí surge una paradoja que desconcierta: mientras una parte de la Gen Z levanta pancartas contra gobiernos y estructuras tradicionales, otra parte parece inclinarse hacia discursos conservadores, incluso reaccionarios. En distintos países, los estudios de opinión muestran que los jóvenes no son necesariamente el “baluarte progresista” que muchos imaginaban. ¿Cómo encajar, entonces, estas dos tendencias aparentemente opuestas? ¿Cómo pueden convivir el ímpetu de la revuelta y el deseo de volver a un mundo más rígido? Romper con lo heredado o reconstruirlo con mayor firmeza.
Cuando una generación crece sintiendo que el mundo se tambalea, su respuesta puede dividirse: unos optan por desafiar al sistema y cuestionar sus estructuras; otros se inclinan por discursos de orden, meritocracia rígida e incluso nostalgia por modelos sociales que no vivieron. Tanto la movilización como el giro conservador nacen, en el fondo, de la misma necesidad de regular un malestar individual y social. La paradoja no es tal. La misma generación que protesta puede, al mismo tiempo, apoyar discursos conservadores porque ambas tendencias responden a un mismo escenario de incertidumbre. Cuando los mecanismos tradicionales de pertenencia —trabajo estable, vivienda, instituciones sólidas, expectativas vitales claras— se erosionan, las generaciones jóvenes oscilan entre estas dos estrategias. Una busca transformar el sistema, desbordarlo; la otra intenta restaurar un orden que percibe como perdido. Es una doble adaptación: cambio o refugio. El desafío, tanto de esta generación como de las sociedades que los acogen, será transformar esa energía ambivalente en un proyecto social capaz de ofrecer estabilidad sin sacrificar la capacidad de cambio. En ese equilibrio podría residir la clave del nuevo contrato generacional que el siglo XXI reclama.
Mirar a esta generación exige abandonar categorías simplistas. No son la juventud apática que muchos denuncian, ni la vanguardia progresista que otros idealizan. Son una generación en tensión: fragmentada, hiperconectada y, sobre todo, afectivamente vulnerable a los cambios del mundo. Sus aparentes contradicciones no son fallas sino síntomas de un tiempo en transformación.


Deja tu comentario