Bennàssar es uno de los artistas mallorquines más singulares de su generación. Ha construido un lenguaje pictórico y escultórico fácilmente reconocible. Nos recibe en su finca, una manifestación de Mallorca: un espacio salpicado de esculturas y obras que continúan después esparcidas por toda la isla. Con él reflexionamos sobre la importancia de romper con lo establecido, la vuelta a su isla natal y las influencias que configuraron su estilo.
– ¿Cómo y cuándo empieza su carrera artística?
– No sé si tuvo un inicio, ya que desde pequeño, con 12 años, tuve la suerte de que mi maestro, el pintor Mateu Llobera, le dijera a mi padre que tenía condiciones artísticas. Por aquel entonces trabajaba con el pintor Simeón Cerdà, hijo del mítico Llorenç Cerdà; por lo que, entre todos, me animaron a sacar esas aptitudes pictóricas y me encarrilaron por el camino del arte.
– Se dedica tanto a la pintura como a la escultura, ¿con qué disciplina se siente más cómodo? ¿Cuál le aporta más libertad?
– Yo siempre he sido más conocido como pintor, pero ahora diría que me conocen más como escultor, debido a que la escultura tiene una presencia física con la que no cuenta la pintura. Hoy en día es difícil atraer al público a las salas de arte o galerías. De hecho, en la Escuela de Artes y Oficios de Palma coincidí con el escultor Jaume Mir, quien me encaminó hacia la escultura y el modelaje, y luego en Bellas Artes de Barcelona.
Por aquel entonces, practicaba escultura más en temporadas de verano, cuando venía a Mallorca, porque conocía a carpinteros y herreros que me ayudaban y, en definitiva, tenía más espacio. Ahora que vivo en Mallorca, digamos que por las mañanas hago escultura y por las tardes, pintura. Pero no sé dónde me muevo más cómodo.
Creo que la diferencia entre ambas disciplinas es que la escultura es muy material y, además, tridimensional. En cambio, un cuadro es más ficción; tiene una magia no sólida con la que puedes crear ilusión dentro de una superficie cuadrada. Y juego con las dos. La exactitud nunca es verdad. Al margen de que soy un pintor figurativo, no he querido ser un pintor que copia la realidad. Con los años he aprendido que no existe la belleza sin el azar.
– Cuando nace un proyecto, ¿cómo se da todo el desarrollo desde la idea hasta el resultado final?
– No dejo que haya procesos a la hora de hacer un cuadro porque creo muchos y ya tengo las ideas definidas; lo que busco es el azar. Esa cosa imprevista en la que confío para llevarme a un imprevisto. Mi proceso es saber mirar, ver las emociones que me produce lo que voy haciendo.
Mi proceso sale del mismo trabajo; me obligo, tengo horarios. Con esto consigo no ser un artista de momentos; quiero que la inspiración me encuentre dentro del estudio. Intento mirarlo mucho, no conformarme.
No sigo bocetos, no me gusta cerrarme; me pongo puntos y disfruto de buscarlos. Me gusta irme a dormir con los procesos abiertos y levantarme con los problemas del día anterior.
– ¿Qué papel tuvo Antoni Tàpies en su etapa en Barcelona?
– Yo llegué a Barcelona en 1969 y ya lo conocía como pintor por sus obras y libros, pero me sorprendió el poetismo que le daba a las cosas simples y cómo transmitía su vida interior sin la necesidad de explicarla con realismo. Me abrió un mundo nuevo; con él descubrí la vida interior, siendo un artista muy agresivo que hablaba de la pobreza de las cosas. Del mismo modo, Pablo Picasso también fue un pintor que me atrapó con su obra.
Viajé muy joven por una Europa de los años setenta, una época de mucha efervescencia, libertad y movimiento. Y Tàpies fue un representante de lo nuevo y de algo que no había llegado a Mallorca todavía. En mis años de estudiar en Palma, era una ciudad antigua; existían las relaciones feudales que el turismo acabó por disolver.
– A pesar de recibir herencia pictórica de l’Escola pollencina, ¿por qué no se decantó por el paisajismo como la mayoría de artistas de este movimiento?
Fundamentalmente porque una persona joven tiene que estar acostumbrada a romper, y en aquel momento sí que es verdad que no llegué a conocer a Anglada Camarasa, pero sí a Dionís Bennàssar, Tito Cittadini… que hacían lo establecido. Pero, de algún modo, la gente joven tiene que ser subversiva y buscar cosas nuevas, no exactamente continuar con lo establecido. Ahora sí que estoy más satisfecho con los paisajes de lo que estaba por aquel entonces.
La figura de Paul Cézanne, un artista que pintó muchas veces la misma montaña, me enseñó que la realidad, al margen de lo que tienes delante, es lo que tú eres capaz de crear.
Parte de mi obra necesitaba una base de concepto de donde sacar cosas. He hecho muchos autorretratos, he jugado con el viaje y me ha interesado la cultura del Mediterráneo. Me siento mediterráneo y mallorquín, y digo mallorquín porque, al estar aislados, tenemos bastante claro el concepto de territorio y de familia, con lo cual tenemos una manera de saber mirar al horizonte, buscarlo sin tener convicciones que no pueden ser movibles.
– ¿De dónde viene el primitivismo de sus obras?, ¿Quién le inspira?
– Se trata de un problema de gusto; a mí me gusta más buscar que encontrar. Me viene de la necesidad de buscar: azar, conocimiento… Primitivismo porque libros como La Odisea, La Ilíada, Homero, incluso el pensamiento griego o el filosófico romano… son libros e ideas que todavía me marcan hoy en día, y difícilmente ha habido nuevos pensadores que me generen esta diversidad humana.
La humanidad ha vivido en un centro, al menos desde mi mundo, donde el Mediterráneo ha sido la cuna del conocimiento. Es decir, una búsqueda constante de una utopía que no existe. Eduardo Galeano comentaba que una utopía sirve para andar y buscar un objetivo. Los primitivos, en su instinto por sobrevivir, después del horizonte encontraban más animales y bestias. Elevarte y mirar más allá es lo que realmente te da humanidad.
– Cuando una persona ve una escultura o pintura suya, sabe que es de Joan Bennàssar, incluso antes de ver la firma. ¿Cómo se consigue una imagen tan propia y característica?
– Es algo que realmente no busqué, me lo encontré. Mi padre era obrero y trabajé con él. Realmente he hecho muchas esculturas con muchos materiales, incluso hice una gran tirada de bronce hasta que se encareció y descubrí que me gustaba ir jugando con lo que me motivaba. Parten de una parte pobre, pero muy arraigada al territorio.
Además, en los años setenta, en la Royal Academy of Arts de Londres vi los restos de Pompeya, una exposición que me emocionó por completo. Y puede que mis obras me recuerden a ellas y a su humanidad. Es una manera de hablar del hombre, un ser imperfecto y que se ilusiona, con una historia de búsqueda y descubrimiento, como el Vellocino de Oro o el Santo Cáliz. Me inspiro en el barco Argos, lleno de hombres jóvenes medio humanos, medio dioses; dioses mediterráneos contradictorios para compensar las debilidades humanas.
– ¿De qué temas hablan sus obras?
– Supongo que hablo de uno mismo, de la propia búsqueda, el amor, la familia, la amistad. Yo, como hombre, me enfrento a los desastres del mundo porque la vida es maravillosa.
– ¿Qué papel tiene la figura femenina en su obra? Más allá del punto de vista bello y sensual.
– Yo creo en el matriarcado. Considero que las mujeres cercanas a mi vida han sido siempre gente muy inteligente y han mandado más de lo que parece. La mujer en mi obra es belleza y admiración. En definitiva, una prueba de amor a las mujeres que me precedieron. También es muy poético, pues en el fondo también hablo de mí mismo, de cómo me veo o qué deseo.
– Ha expuesto y participado en ferias de todo el mundo, ¿de dónde se siente más satisfecho de haber llevado su obra?
– He tenido dos fases en mi trayectoria. Una primera más combativa, exponiendo en galerías alrededor del mundo, y una segunda en la que me libré del protector que me salvaguardaba y guiaba, y me quité las galerías. En Mallorca reencontré mi sitio. Me ha encantado exponer en China, América, Alemania… pero los últimos años me he dedicado a hacer cosas por aquí, donde he buscado al público. Siempre he intentado salir de los canales clásicos y hacer exposiciones que no son realmente para vender, sino para mostrar.
– ¿Qué proyectos tiene de cara al próximo año?
– Estamos en negociaciones para alargar el periodo de exhibición del Castillo de San Carlos en Palma y tenemos una propuesta sobre la mesa de una nueva exposición que espero que vea la luz pronto.
– Las primeras obras que aparecen en su página web son de los años 1965-1970 y los trabajos más recientes son de este mismo año. Han pasado 60 años entre los dos, ¿cómo definiría el progreso y el transcurso de su carrera artística?
– Yo diría que en estos momentos tengo más seguridad. He perdido el espíritu joven de búsqueda o incertidumbre porque ahora sé mejor adónde voy. Pero me ha encantado; me siento realizado y he podido sobrevivir haciendo lo que más me gustaba. Cuando he tenido contradicciones, las he sabido sobrepasar. He continuado con mi carrera, que es lo importante: no dejarse sobrepasar. Ahora intento hablar de cosas nuevas.
La accesibilidad a las imágenes marcó un cambio de era radical con el cual me autolimité con la intención de conservar mis habilidades. Cuando veo cuadros pasados míos me sorprenden. A mí me gusta más lo que hago ahora por plenitud, determinación o intento ser más concreto. En definitiva, un cambio de era.


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