El Grup de Tecnificació d’Alpinisme de les Illes abre la Directíssima Mallorquina, una nueva vía de ascensión a 5.800 metros de altitud en la Cordillera Blanca
Nadie había pasado por allí, justo el reto que estaban buscando. Frente a ellos se levantaba una desafiante pared virgen de más de 520 metros en la cara oeste de una imponente montaña que se alza majestuosa con sus 5.800 metros de altitud en la Cordillera Blanca de Perú. Con grandes dosis de ilusión, la determinación de poner a prueba su preparación y el compromiso de ascender por sus propios medios, cinco mallorquines coronaron el pasado mes de julio la cima del Santa Cruz Chico tras abrir una nueva línea a la que bautizaron Directíssima Mallorquina, de nivel MD+ (Muy Difícil+).
Una gesta notable en un deporte cuyos practicantes en la isla casi podrían contarse con los dedos de las manos. Y más aún teniendo en cuenta que los protagonistas formaban la primera promoción del Grup de Tecnificació d’Alpinisme de les Illes, impulsado por la Federació Balear de Muntanyisme i Escalada (FBME), integrada por los coordinadores Cati Lladó (51) y Tomeu Rubí (49), el alpinista Lluís Dietrich (27) y los alumnos Miquel Àngel Lorente (22) y Guillermo Anguera (21), ambos procedentes de la escalada deportiva.

Trazado de la Directíssima Mallorquina sobre la pared oeste del Santa Cruz Chico. Foto: FBME.
La aventura en tierras peruanas fue el colofón a dos años de intensa formación en todo tipo de terrenos: ascensos en roca en Mallorca, actividades invernales en Pirineos y los Alpes y un viaje a Noruega para perfeccionar la escalada en hielo. Así aprendieron los más jóvenes a “ser autosuficientes, a progresar con autonomía, no a hacer turismo de montaña donde está todo preparado. Eso es como ganar el Tour con una bici eléctrica”, explica Rubí. Ya en Perú, completaron la aclimatación en el Vallunaraju, el Yanapaccha y el Shacsha, tres montañas de menor nivel técnico donde experimentaron de lleno los efectos de la altura: dolor de cabeza, mareos y esa sensación de “estar enfermo todo el tiempo”, recuerda Lorente. Gajes de un oficio donde prima “el aguante y la resistencia sobre la fuerza física”, añade.
El ataque a la cumbre
A la una de la madrugada, cuando el frío aún muerde y el cuerpo solo pide seguir durmiendo, el grupo dio el primer paso hacia una pared de la que “apenas teníamos referencias y una foto de Google Maps”, señala Rubí. El progreso, lento y metódico en cordadas de 50 metros, se volvió más exigente a medida que ganaban altura, especialmente en el último tramo, donde “la nieve polvo nos obligó a avanzar a rastras, abriendo una especie de trinchera para poder mantenernos”, afirma Lorente.

El ascenso se desarrolló en tramos de 50 metros, progresando casi en vertical. Foto: FBME.
Cuando por fin asomaron a la cima —una arista tan estrecha que apenas cabían los cinco— no hubo euforia, solo emoción contenida. “Te felicitas y te das la mano, pero poco más. Arriba ya empiezas a pensar en bajar; aún queda la mitad”, apunta Lorente.
La bajada, igual de técnica y exigente, estuvo marcada por rápeles sobre hielo y el riesgo real de que la cuerda se quedara bloqueada. Cada maniobra les exigió una calma casi quirúrgica. Por fin, a las once y media de la noche llegaron al campo base, exhaustos, tras más de 22 horas de actividad ininterrumpida en vertical, sin apenas fuerzas ni para cenar.

Lluís Dietrich, Miquel Àngel Lorente, Guillermo Anguera, Cati Lladó y Tomeu Rubí, descansando durante una de las rutas de aclimatación. Foto: FBME.
De vuelta a casa fue cuando empezaron a asimilar la magnitud de lo que habían logrado: firmar una de las páginas más destacadas del alpinismo isleño. “Fue una experiencia buenísima y encima tuvimos triple suerte: una climatología perfecta, encontrar una pared virgen y que además fuese del grado que podíamos asumir como equipo… Fue un regalo”, resume Tomeu Rubí. Sus huellas ya se han borrado, pero la Directíssima Mallorquina permanecerá para siempre.


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