Andreu PalouEn parte, sí. Los disruptores endocrinos son sustancias capaces de interferir con las hormonas y alterar funciones esenciales del organismo y algunos nombres empiezan a resultarnos familiares: bisfenol A, ftalatos, parabenos, pesticidas o los PFAS, conocidos como “químicos eternos” por su enorme persistencia. También ciertas sustancias “retardantes de llama” que se añaden a plásticos y maderas para ralentizar la propagación del fuego en los incendios.

No los vemos, pero están ahí: aportan flexibilidad a plásticos, funciones antibacterianas o propiedades tecnológicas en productos cotidianos, pero también riesgos a controlar. Lo esencial es el conocimiento científico que permite identificarlos.

Estamos expuestos a los disruptores a través de la comida, especialmente los alimentos ultraprocesados, precocinados y enlatados, pero también a través del aire, agua y piel: productos de higiene y limpieza, cosméticos, tampones, dentífricos, cremas y envases. Aunque los nuevos materiales han permitido grandes avances, la ciencia también confirma los costes en salud: problemas reproductivos (como baja calidad seminal e infertilidad), cánceres hormonales, alteraciones inmunológicas y neurológicas y metabólicas, quizás también obesidad, entre otros efectos.

Los periodos de desarrollo, desde el embarazo hasta la pubertad, son los más vulnerables. En estas etapas, las señales hormonales deben funcionar con precisión, pues pequeñas alteraciones pueden dejar efectos duraderos. Estos compuestos pueden modificar la programación metabólica, la “hoja de ruta” biológica que acompaña a cada persona a lo largo de la vida.

Preventivamente, fortalezcamos más nuestra dieta mediterránea y el consumo de alimentos locales y europeos

El gran reto de controlar la exposición a los disruptores es su complejidad: identificar cuáles son los compuestos más peligrosos entre los centenares de sustancias nuevas que aparecen cada año, disponer de estudios específicos y encontrar alternativas seguras que no comprometan la cadena de suministro, la economía y el bienestar.

Europa avanza en esta tarea gracias al reglamento REACH para identificar y clasificar las sustancias más preocupantes. Actualmente son unas 150, entre las cuales hay unos 10 grupos de disruptores especialmente preocupantes. Tras la clasificación está la tarea de evaluar científicamente los riesgos en los distintos ámbitos (alimentación, cosmética, medio ambiente, etc.). Por ejemplo, en alimentación, está la EFSA (Autoridad Europea en Seguridad Alimentaria), encargada de elaborar informes y dictámenes que permiten a la Comisión Europea gestionar el riesgo y proponer normativas para limitarlo. Finalmente, las instituciones de gobierno europeas (Parlamento y Consejo) aprueban las medidas.

Un ejemplo reciente es el bisfenol A. Tras años de restricciones parciales (prohibición en los biberones), desde enero de 2025 rige el Reglamento europeo que prohíbe su uso en materiales en contacto con alimentos. El bisfenol A se utilizaba en resinas epoxi para revestimientos de latas, botellas reutilizables y utensilios duraderos. La prohibición se basó en la evaluación científica de la EFSA (2023), que concluyó que los niveles actuales de exposición suponían un riesgo no solo en niños pequeños sino en todas las edades, por sus efectos en los sistemas reproductivo y endocrino. La nueva norma se extiende a adhesivos, tintas, siliconas, barnices y otros revestimientos.

Este es solo un ejemplo de los muchos que irán llegando. Mientras, podemos adoptar medidas prácticas para reducir el riesgo:

  • Priorizar los alimentos frescos y limitar los ultraprocesados y enlatados.
  • Lavar bien frutas y verduras.
  • Utilizar recipientes de vidrio o acero inoxidable para almacenar o calentar comida.
  • Preferir cosméticos y productos de limpieza sin fragancias ni parabenos.
  • Ventilar la casa a diario, aspirar el polvo en lugar de barrer y elegir utensilios de cocina sin antiadherentes.

La regulación avanza, con Europa en vanguardia, sí, pero lentamente, y la protección diaria depende mucho de decisiones informadas y sencillas que marcan una gran diferencia en nuestra salud futura.