
II. Suenan tambores de guerra y algunos países recuperan la mili del siglo pasado. Los políticos pierden la cabeza. ¿Alguien ve a su hijo hoy en día salir de casa con el petate y un cetme a la espalda, subir al barco para ir a defender Madrid, Kiev o Calatayud, por decir algo? Tremendo. Como los medios siguen siendo un barómetro aceptable para medir la presión social, he recurrido a la IA para que nos acerque los contenidos de las portadas de los periódicos en las dos preguerra mundiales, de 1900 a 1914 y de 1930 a 1939. ¿De qué hablaban? Pues más o menos de lo mismo que ahora. Aunque no es un ejemplo probatorio, salen temas que todos conocemos: resurgir de viejas tensiones fronterizas, rearme general, reclamación de territorios, crisis diplomáticas, polarización política, amplificación de las divisiones ideológicas, pérdida de independencia y objetividad en los medios, sensacionalismo y populismo…
Al final, la gran diferencia entre aquel pasado y el presente radica en dos aspectos fundamentales, ambos relacionados con los avances tecnológicos: uno es que la información y la desinformación viajan ahora a la velocidad de la luz. Antes los muertos se contaban a días o meses, incluso a años vista; ahora, desde la I Guerra del Golfo, la muerte es televisada. Pero ni todo lo que se ve ni todo lo que se dice es real. La otra diferencia es la multiplicación del poder de destrucción de la Tierra con la proliferación de los botones nucleares.
Tristemente, después de todo, llegamos al principio: a la raza humana solo nos modera la amenaza de la destrucción mutua asegurada, doctrina nacida en los 60 del sangriento siglo XX, de la mano de Robert McNamara, en los gobiernos de J. F. Kennedy y Johnson. Y así seguiremos hasta que algún imbécil se equivoque, apriete el botón y provoque al resto de imbéciles. Posible pero no probable.
III. Soy un firme defensor de los medios públicos como alternativa de calidad necesaria a la extrema comercialización y banalización de la oferta mediática privada. Pero tienen el riesgo de convertirse en todo lo contrario a lo deseable: por ejemplo, lo que sucede ahora en TVE, con esos casposos programas desbocadamente partidistas que suelen flanquear los informativos habituales del mediodía. Y no sirve como excusa de equilibrio el ejemplo del aznariano Miguel Ángel Rodríguez (MAR), por contraponer un caso conocido del otro lado. Saber que siempre puede haber alguien peor no aporta ninguna legitimidad.
Me duele que mi tan necesaria profesión vague perdida como pollo sin cabeza, sin referentes y cabreada, que es cuando más pierde los papeles. Tenemos un código deontológico, los periodistas, que aunque desgraciadamente nunca se miró demasiado, de vez en cuando algunos, cuando dudábamos de cualquier información, sí recurríamos a él. Sí, recurríamos. La manida frase “ante la duda, periodismo” es una alerta de esta profesión que funciona, para tranquilidad propia y, sobre todo, de la sociedad.
IV. Grandes corporaciones internacionales y algunos gobiernos han intensificado la presión sobre lo que algunos considerábamos altares naturales intocables, aunque los sabíamos deseados: los fondos marinos abisales y los polos, paraísos al parecer ricos en recursos, pero ignotos para los ciudadanos de a pie. Me pone en alerta que los toquen. Como en el universo, el más inalcanzable de todos por infinito, estoy convencido de que, aunque no hayamos llegado los humanos a ellos, que se sepa, seguro que ya están llenos de nuestros detritus y miserias.

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