La nueva generación de gafas inteligentes nada tiene que ver con aquellos viejos cascos pesados y aparatosos. Ahora son gafas normales que, además, nos adentran en un mundo global e interconectado.
Suena el despertador. Son las 05:00 de la mañana. Y en este nuevo presente lo primero que hago es ponerme las gafas. Y no es porque mi vista haya empeorado, que también. Es porque mis nuevas gafas inteligentes se han convertido en la ventana a un nuevo mundo de información y entretenimiento.
Mientras me preparo el café, mis nuevas gafas me van leyendo los titulares de las noticias más relevantes del día, escucho un resumen de los últimos correos recibidos y de los mensajes de primera hora de la mañana.
El desayuno es ahora más ameno. Las patillas de las gafas van reproduciendo las noticias de mi emisora de radio preferida y, una vez escuchadas, comienza mi rutina matinal de ejercicios escuchando mi playlist deportiva en Spotify.
Mucho ha llovido desde que en 1968, Ivan Sutherland creara “The Sword of Damocles”, el primer dispositivo de realidad aumentada del mundo cuyo peso obligaba a colgarlo del techo para poderlo utilizar.
Tras muchos intentos, y otros tantos fracasos -¿quién no recuerda las Google Glass de 2013?-, 2025 se ha convertido en el año de la explosión de una tecnología que se lleva, te sienta bien y, además, nos va a cambiar la vida.
Y es que las nuevas gafas inteligentes creadas por Meta, junto a Ray-Ban y Oakley, nos adentran en un mundo hasta ahora inalcanzable. Un mundo que solo existía en la imaginación de algunos grandes autores de ciencia ficción, o en películas del género.
Pero ese futuro ya existe. Mis nuevas gafas inteligentes son, en realidad, la más avanzada tecnología, pero disfrazada de moda. Y es que esto no es un gadget. Encaja en mi look diario incorporando cámaras, micrófonos, altavoces y un asistente de inteligencia artificial que me hace la vida extraordinariamente sencilla.

Una usuaria emplea sus gafas inteligentes Ray-Ban, que integran tecnología y estilo.
Así es como empiezo la jornada de trabajo con la enésima videoconferencia y esos complicados clientes japoneses. Pero algo ha cambiado ahora. Ya no necesito al traductor en persona, allí en Japón. Ahora, y como si de un truco de magia se tratara, la inteligencia artificial de mis gafas se encarga de ir traduciendo en tiempo real la conversación del japonés al inglés. Es auténtica brujería.
Se trata de una inteligencia artificial que, además, es contextual. Cuando estoy mirando cualquier objeto, solo tengo que preguntarle a la IA lo que estoy viendo para escuchar la más completa información de un edificio, un vehículo e incluso una persona famosa. La tecnología se vuelve así natural, se integra en mi vida, sin pantallas ni distracciones.
Una revolución que es, además, silenciosa. Los altavoces de conducción abierta incorporados en las patillas de mis gafas permiten que el sonido se proyecte hacia mí, sin taponar el oído y sin molestar a nadie de mi entorno. Así es como voy recibiendo llamadas de teléfono, escuchando un podcast o mi música favorita sin preocuparme por el tráfico de la ciudad, mientras voy caminando a mi siguiente reunión de trabajo.

Modelo de gafas inteligentes de Oakley.
La miniaturización ha conseguido hacer magia: chips diminutos, baterías más ligeras y un diseño que equilibra el peso y la estética. La autonomía es suficiente para aguantar todo el día, y la funda de las gafas es quien se encarga de cargarlas. Y falta hace, porque ahora no paro de hacer fotos a cualquier edificio que me gusta. Y vídeos de mis amigos y familiares. Contenidos que al instante se almacenan en mi teléfono y que son perfectos para alimentar mi Instagram.
Ya no voy mirando la pantalla del teléfono, pendiente de que Google Maps me indique el camino. Ahora el camino me lo van diciendo, mediante comandos de voz, mis gafas inteligentes.
Lo que antes era un experimento, ahora es una categoría tech de lifestyle: moda que piensa. Y si te lo estás preguntando, la respuesta es sí: todo lo que has leído hasta aquí es realidad, no un capítulo de una novela fantástica.
El móvil nos enseñó a mirar hacia abajo. Las nuevas gafas inteligentes, con cristales fotocromáticos que se oscurecen solos y que se pueden graduar, nos han enseñado, de nuevo, a mirar a nuestro alrededor. Y a hacerlo con estilo.


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